jueves, 28 de enero de 2016

El verano del cohete

El 28 de enero de 1986 yo estaba de vacaciones en casa de mis padres. El verano tórrido paraguayo, potenciado por un El Niño moderado, alentaba todavía más al descanso durante la siesta, o por lo menos, la prolongación de  la sobremesa del almuerzo. En medio de la charla familiar entró al comedor mi sobrina mayor, en aquel tiempo con menos de 6 años, balbuceando algunas palabras como "Guigue, el cohete" mientras señalaba la televisión en la otra sala.  Rocío estaba mirando sus dibujos animados y algo le había llamado la atención sobre "el cohete". Como buen adulto, respondí restándole importancia a su llamado. Me imaginé que se refería al despegue del Space Shuttle Challenger que se venía demorando varios días, la fecha inicial era el 22 de enero.  El lanzamiento estaba agendado para el mediodía de Paraguay de aquel 28 de enero, ya eran más de las 2 de la tarde, probablemente había despegado.
Tripulación del STS-51-L: (al frente) Michael J. Smith, Dick Scobee, Ronald McNair; (atrás) Ellison Onizuka, Christa McAuliffe, Gregory Jarvis, Judith Resnik. (NASA)

La insistencia de Rocío nos llevó a la sala de la tele. Y allí, durante el corte publicitario, repitieron la noticia que tanto había conmovido a mi sobrina: ante nosotros se desplegaba el horror en vivo de ver la explosión de la máquina voladora más sofisticada que el ser humano había construido hasta el momento.  Ante nuestras miradas atónitas veíamos despedazarse la vida de siete tripulantes, entre ellos, una maestra de escuela primaria, Christa McAuliffe.

La decepción que me invadió en ese momento es inenarrable. Mi cabeza se vio invadida por recuerdos de la historia del Taxi Espacial. Un concepto originado en los años 60, cuyo primer prototipo fue presentado al Presidente Nixon en los 70. El taxi debía resolver los problemas de los altos costos en el envío de astronautas y material al espacio para permitir la instalación de astilleros y puertos espaciales, para que las grandes naves exploradoras, al estilo de la Enterprise (Viaje a las Estrellas), pudieran "ir sin temor donde ningún hombre llegó antes". Desde 1969, año en que por primera vez hubo hombres orbitando la faz oscura de la Luna, y pocos meses más tarde, dos astronautas caminaron sus llanuras, seguía muy de cerca la historia de la cohetería. En sus primeros tests, hacia 1977, el Shuttle OV-101 Enterprise, era elevado más allá de los 10.000 m por medio de un Boeing 747 especialmente acondicionado (Shuttle Carrier Aircraft, su nombre técnico) y dejado en libertad para hacer maniobras de aproximación y aterrizaje. En 1982, por fin, el primer vuelo tripulado completo del OV-102 Columbia, con una tripulación de 4 astronautas  que "depositó" un satélite artificial en órbita, mostrando como sería de allí en más la técnica espacial.

La sucesión de misiones del taxi los comenzó a convertir en rutina, y el interés se fue perdiendo. El Enterprise fue jubilado sin nunca ver la Tierra Azul de Gagarin y David Bowie ("planet Earth is blue, and there is nothing I can do..."), pero el Columbia pronto ganaría de compañeros al OV-099 Challenger (primera misión abril de 1983), el OV-103 Discovery (agosto de 1984) y el OV-104 Atlantis (octubre de 1985). Por fin, después de 15 años de espera, desde la hazaña de Armgstron, Collins y Aldrin, el hombre parecía encontrar su destino en la estrellas.

La historia nos reservó aquel día, hace 30 años,  un baldazo de agua helada, que bien hubiésemos deseado que fuese real en aquel candente verano asunceño y no una figura literaria para describir el nudo en la garganta y el frío en la barriga. Porque casi pornograficamente, asistiamos a la íntima última escena de la vida de 7 personas a bordo de un refinadísimo producto de nuestra civilización tecno-científica. Presagiamos también que el accidente traería más atrasos a nuestro camino hacia el Universo.

Tapas de diarios y revistas (recuerdo particularmente la Time) mostraron la escandalosa imagen del cohete dilacerándose en pleno vuelo. Ríos de tinta se escribieron para explicar el por qué (la zaga de  Andrés Gaeris en nuestra Revista Astrofísica, hasta ahora lo mejor que he leído en español). La historia de la maestra de escuela y su destino estelar inundó las redacciones de televisión y radio.  Para mi hubo otro evento que marcó época, Richard Feynman, el mayor físico teórico de los EEUU, tuvo su acto final como miembro (el más mediático por cierto) de la comisión que analizó las causas del accidente.  Poco después de un año de presentar el informe, fallecía.

Las causas ya son, por todos, conocidas.  El shuttle utilizaba dos cohetes de combustible sólido (boosters) como auxiliares, además de uno de combustible líquido.  Los boosters eran compuestos de 7 secciones, entre las cuales se colocaba un anillo de goma (o-ring).  El frío de aquel enero en Florida (EEUU) congeló el material (de hecho fue el frío lo que atrasó tantas veces el lanzamiento) y le hizo perder elasticidad. Cuando el cohete partió, el o-ring se quebró y dejó de escapar una llama que derritió el tanque de combustible líquido. Por el orificio que se formó, hidrógeno puro salió a la atmósfera y entró en combustión explosiva.  La culpa del accidente fue un diseño defectuoso, aunque nunca fueron civil ni penalmente juzgados ninguno de los posibles responsables.

Dos veces Bueno 
Pero quiero volver al 28 de enero de 1986, cuando todavía aturdido miraba las imágenes del shuttle explotando en el aire.  Junto con mis recuerdos de las misiones Apollo, Soyuz, Mir, Viking y Voyager, también, como la brisa del norte que tanto sopla en el verano de Asunción, me vino el relato breve que Ray Bradbury tan poeticamente llamó El verano del cohete (Rocket Summer en su título original, probablemente un juego de palabras) , primer capítulo del  genial Crónicas Marcianas.  Lo habíamos leído en las clases de literatura del primer año del secundario industrial, donde una profesora testaruda quería mostrar a sus alumnos técnicos, que para contar buenas historias no es necesario más que algunos párrafos. Nunca más lo olvidé. Empieza diciendo: 

Un minuto antes era invierno en Ohio. 

Y termina con

El cohete creaba el buen tiempo, y durante algún tiempo fue verano en la Tierra. 

 Pena que aquel verano no hubo buen tiempo.

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