sábado, 20 de julio de 2019

Saudades de la Luna

Ya es ayer, pero entonces era siempre.
José Luis Appleyard

Mi identidad de ciudadano del Mercosur se empezó a plasmar hace exactos 50 años.  Yo nací en Buenos Aires, pero en 1969 vivía en Mar del Plata.  Aquel año, las vacaciones de invierno fueron planeadas para visitar a la familia de mi mamá, en Paraguay, abuelo, tíos, primos, un mundo de gente nueva que yo no conocía. Tenía 7 años y se trataba de mi primer viaje al exterior, con pasaporte incluído, y en avión. Si para muchos niños de hoy la iniciación se dá con un viaje a Disney en Orlando, para mí, fue a Asunción. 

El viaje de ida fue terrible, porque descubrí dolorosamente el vértigo que me producen los aviones, vértigo que me persigue hasta hoy en día y apenas mitigo con Dramamine. Asunción se reveló como una ciudad colonial, exuberante de plantas y árboles, donde la gente habla cantando en español al que mezcla con palabras del guaraní. La excitación por conocer lugares y gente nueva se sumaba a la ansiedad por el primer alunizaje. Incluso en el aislado país del centro de América del Sur, las noticias de la mayor expedición desde Cristóbal Colón, inundaban los medios gráficos, las radios, la televisión y las calles.  

Nosotros estábamos hospedados en casa de una prima de mamá  lindera de la del artista Herman Guggiari. Incluso para un artista,  la epopeya lunar merecía atención. Recuerdo que junto con sus hijos, construyeron un modelo del Eagle, la nave que posó en la Luna, y lo colgaron del árbol más alto del jardín de la casa. Todos los días yo veía como el eagle de isopor bajaba un poco , aproximándose del suelo, en una forma simbólica de representar el Primer Viaje a La Luna.

El 20 de julio era el cumpleaños de Doña Susana, la madre de una tía de mamá. Así que la familia se reunió en la casa de tía Susanita, su hija, para soplar las velitas (creo que 90). En el patio de la casa, una decena de personas conversaba animadamente, nadie parecía prestar atención a un televisor encendido que traía imágenes del recientemente inaugurado Canal 9.  Yo, sin embargo, no podía sacar mis ojos de la pantalla.  Pero lo único que traía, era una imagen sin movimiento de un diorama de la escena que suponíamos iría a ocurrir en breve: el Eagle, dos pequeños astronautas y un paisaje agrestre y desértico, que representaba a la Luna. Una voz en off relataba los acontecimientos. Tardé en comprender que no habría transmisión en vivo, que Paraguay no contaba con conexión via satélite, que no podría ver a Neil Armostrong saltar del módulo lunar y decir su famosa frase.  La fiesta de cumpleaños terminó en algún momento, y al día siguiente comprobé que el módulo lunar de Guggiari ya no colgaba del árbol.  También había perdido la celebración simbólica.     

Al volver a Buenos Aires, previo paso para llegar a Mar del Plata, la conversación todavía se centraba en la gesta lunar.  Mi abuela afirmaba que habiendo tantos problemas en la Tierra, gastar fortunas para ir a la Luna era un despilfarro sin sentido, casi criminal.  Mi tío abuelo, Carlos, sin embargo, decía que todo se tataba de patrañas de los americanos, que las escenas se habían rodado en un set de filmación. Pero ni la crítica racional de mi abuela ni el escepticismo ingenuo de mi tío Carlos, pudieron refrenar mi excitación: habíamos llegado a la Luna! Y así lo escribo, en plural, porque me sentí parte de la aventura y esperaba algún día ser mucho más que un testigo.  


Esta historia que transcurrió entre Paraguay y Argentina hace exactos 50 años, fue mi bautismo en la complejidad de las relaciones interculturales.  La vida me llevó a otro país del Mercosur, Brasil, donde desde hace más de 20 años desarrollo mi actividad científica ligada al espacio. Y hoy recuerdo con saudades y una frase del poeta paraguayo J. L. Appleyard, un tiempo de mi niñez que para siempre estará ligada a un cohete, y tres hombrecitos  que dieron el primer paso en nuestro viaje a la estrellas. 

martes, 5 de marzo de 2019

Nostalgias de Fabio Zerpa

Clásica fotografía de un supuesto ovni
 tomada el 31 de julio de 1952. (Origen:
https://es.wikipedia.org/wiki/Ovni)
Sentados a la mesa del bar del Pabellón II de Ciencias Exactas, tomamos la decisión, iríamos a enfrentar a Fabio Zerpa, esta vez cara-a-cara. Para mi, era, tal vez, enfretar los demonios de mi propio pasado reciente.  Fabio Zerpa, el actor devenido en embajador de los extraterrestres que venían a visitarnos, el hombre que comenzó contando su experiencia personal en una carretera vacía mientras se desplazaba entre una ciudad y otra en un tour profesional y que había construido una empresa que vendía revistas, cursos, charlas, programas de TV.  Yo había empezado a leer Cuarta Dimensión cuando tenía 12 años, y esperaba en mi infancia crédula, que un día encontraríamos a los extraterrestres que vienen a espiarnos. ¿Cómo salí de aquel círculo pseudocientífico? Creo que el instinto, porque después de Zerpa, mi mayor ídolo era Erich von Däniken. Alguno de sus libros me hizo sospechar que sus conocimientos de evolución darwiniana no se ajustaban a lo que leía en los libros de texto del secundario.  El prólogo del mismo libro, creyéndose un Galileo perseguido por sus ideas, prendió la luz amarilla de mi escepticismo.  Años más tarde sería una luz roja. Nunca más volví a leerlos con esa mezcla de admiración y  confianza de un viejo maestro impartiendo consejos a su aprendiz.

Aquel día del bar en Exactas, estaba la conducción editorial de la Revista de Astrofísica que publicábamos cuatro veces al año. El motivo de la reunión era que Cuarta Dimensión había publicado un artículo nuestro sin previa autorización.  Era una nota breve en la que Horacio Ghielmetti, director del Instituto de Astronomía y Física del Espacio (IAFE) explicaba la extraña luz plateada que se había paseado por el cielo de la Ciudad de Buenos Aires meses antes y que muchos atribuyeran a un Objeto Volador No Identificado (OVNI).  Ghielmetti supuso que se trataba de un globo científico y se puso en contacto con quienes debían ser sus dueños que así lo corroboraron. El breve informe provocó la reacción de Cuarta Dimensión que desde la portada de su revista desafiaba al director del IAFE a debatir publicamente sobre la naturaleza de aquella luz en el cielo.  Mientras Ghielmetti quería matarnos por haberlo convencido de escribir ese artículo que ahora lo exponía masivamente, nosotros decidimos defender nuestros derechos de autor. La comitiva estuvo formada por Guillermo Lemarchand (director de la revista), Andrés Gaeris y yo. Tal vez vino alguien más con nosotros, pero no estoy tan seguro.

Fuimos al Instituto de Fabio Zerpa, que en aquellos años ocupaba unas oficinas de una galería sobre la Avenida Cabildo. Nos presentamos a su secretario y don Fabio nos recibió en seguida.  En su pequeña oficina, su  encantadora voz nos trató con mucha cordialidad. Expresamos nuestra molestia por haber publicado el artículo sin nuestra aprobación. Se disculpó, aunque también dejó entender que nos había hecho un favor al dar a conocer nuestra revista de 1000 ejemplares de tirada a un universo de decenas de miles de lectores.  Después quiso saber sobre nosotros, y finalmente nos invitó a participar de sus investigaciones. Él decía que no se oponía a la ciencia sino que los científicos se habían cerrado al fenómeno ovni. Necesitaba científicos jóvenes y aventureros que verificasen las experiencias anormales que día a día eran relatadas por individuos de todo el mundo y que, él sabía, eran la evidencia de la existencia de seres extraterrestres inteligentes en la Tierra.

Nos tomó por sorpresa, el hombre no estaba irritado con nosotros.  ¿Cómo negarse a debatir? ¿Cómo negarse a colaborar con una de las mayores empresas de la humanidad: Saber si hay vida inteligente además de la nuestra en el Universo? Respondimos que estabamos muy ocupados en nuestras actividades, pero que siempre estaríamos abiertos al diálogo. Nos fuimos. Nunca más volvimos a hablar con él.

Los debates con los pseudocientíficos, a través de publicaciones mayormente, pocas veces de manera presencial, se centraban en la autenticidad de los relatos sobre encuentros cercanos con extraterretres, o sobre explicaciones a fenómenos visuales.  Pero en aquellas discusiones teníamos puntos en común: el Universo se generó en el Big Bang, a grandes distancias, astronómicas, la Teoría de la Relatividad reina indiscutida, en nuestro día a día, son las Leyes de Newton y la Relatividad Galileana, en el mundo atómico, la Mecánica Cuántica rige la dinámica.  A veces nos dábamos cuenta que los ovnílogos no comprendían bien partes de estas teorías lo que los llevaba a interpretaciones erróneas.   Pero los planetas son por lo menos nueve  (en aquellos años...), giran en órbitas en torno al Sol, y el Sol en torno al Centro Galáctico.  Donde no nos entendimos nunca es en esa propensión a creer que los gobiernos (principalmente soviéticos y norteamericanos) escondían información sobre los seres extraterrestres.  Conspiraciones como la del Área 51, el Incidente Roswell, el Experimento Filadelfia, etc, que involucraban a miles de personas durante décadas sin que nadie, nunca, abriera la boca, eran para nosotros demasiado débiles de aceptar.

El tiempo pasó, sé que don Fabio sigue vivo, retirado probablemente de sus actividades. Los años siguientes, los ovnis cayeron en el olvido, o diríamos mejor, quedaron encandilados por otras historias fantásticas. La falacia del viaje a la Luna, es decir, la afirmación de que las misiones Apollo de la NASA nunca posaron en el suelo lunar, que las fotos y videos fueron producidos en estudios de Hollywood, tomó un ímpetu que a mis 7 años, cuando vi a Neil Armgstron descender del Eagle (aunque no en directo! la mayor frustración de mi joven vida) no podía ni siquiera especular.  Allí estábamos todos, empujando a la frágil nave de tres tripulantes al mando de la mayor misión jamás pensada por la humanidad: ganarle a la fiera fuerza de gravedad para ir a donde nos diera las ganas de ir. Que a la Luna! Pues allí vamos, joder! Sólo me das un tiempo que me preparo.  Tener que argumentar 30, 40  años después con un bando de, paradojicamente, lunáticos  que nunca lo hemos hecho, me parece un despropósito sin sentido, una pérdida de tiempo absurda. Que no, que no hemos vuelto, lo sé. Pero, te esperas un poco, que estoy arrreglándome para salir de nuevo... 

Y ahora, cuando estamos por cumplir los 50 años de una de las mayores gestas de la Humanidad, nos encontramos interpelados por otro grupo de ruidosos que vienen a cuestionar que... la Tierra es esférica. Lo escribo así de chiquito, porque hasta me da vergüenza de escribirlo. Verguënza ajena, claro. En Argentina hacen un encuentro internacional, en la ciudad de Colón, Pcia. de Buenos Aires. Y Netflix hace un documental sobre otro encuentro, el primero, en los EEU en 2017.  Y es entonces cuando sentimos nostalgias de don Fabio. ¿Cómo debatir con personas cuyo estado teórico es pre-aristoteliano? Personas que ignoran casi 2.500 años de historia del conocimiento. ¿Será que los viajes en el tiempo existen y los han sacado de las tierrras de Sumeria, en tiempos de Sargon el Grande, y los transplataron en el medio de nuestra sociedad high-tech-internet-connected? ¿Cómo debatir con alguien que cree que la idea de la tierra esférica es la mayor conspiración universal? Que vivimos en una Matrix o en un Show de Truman  inventada por la Iglesia de Roma, el gobierno norteamericano y, agregamos nosotros, los rusos y chinos, porque si no, el mito se derrumba.

El documental de Netflix nos muestra la historia y vida de tres planistas. Dos de ellos vienen del mundo de las conspiraciones, de descreer de instituciones básicas de nuestra sociedad, como  la prensa o el sistema educativo, de sentirse aislados e ignorados en sus ideas, de buscar compañía en esa soledad.  No parecen interesados en evidencias, al contrario, según los presenta Netflix, se convencieron y  punto.  El mismo documental nos muestra un tercero, ingeniero (en informática) que trabaja en un aeropuerto, que busca demostrar con experiencias muy sencillas que el mundo no es redondo y que tampoco gira. Las experiencias no funcionan, obviamente, incluso porque lo que ellos proponen fue propuesto centenas de años antes para demostrar la rotación de la Tierra, ¡justamente! Así, la idea de usar un giróscopo y observarlo por horas sin moverlo de su lugar, esperando que siempre apunte en la misma dirección falla. Falla porque el giróscopo mantiene la dirección de apuntamiento absoluta a pesar de la rotación y entonces, cambia la dirección relativa a los observadores fijos sobre la superficie terrestre en exactamente 15 grados por hora, los mismos que le lleva a la Tierrra avanzar en su armónico girar sobre el eje. Gastaron 20.000 US$ en un carísimo giróscopo de laser cuando podrían haber ido a uno de los muchos museos del mundo que tienen un péndulo de Foucault para ver exactamente este fenómeno.   Y entre las muchas interpretaciones que le dieron, no sé como no dudan del fabricante que, aliado al gobierno construye giróscopos que engañan a los planistas!! (por favor, a los que me leen, este último es un comentario cínico).

Parece un retroceso inexplicable, de discutir sobre aliens y ovnis a discutir si el disco terrestre se asienta sobre elefantes  apoyados sobre una tortuga gigante. Por mucho que me deprima esta situación la historia muestra que planistas hubo siempre, incluyendo en el siglo XX. Charles Fort fue uno de ellos, y a pesar de su relativo éxito, no impidió que llegáramos a la Luna. Supongo que el efecto se amplifica hoy en día gracias a  la Internet. Las comunicaciones baratas y rápidas les ha permitido crear redes de planistas, que se refuerzan entre ellos, que suman acciones, que, en definitiva, les da número y propaganda. La Internet les permite organizarse en su Guerra del Bien contra el Mal, como lo dicen algunos protagonistas del documental de Netflix.

Huellas de Oppy sobre el suelo marciano.
Hoy en día parecen una amenaza, conseguirán que las escuelas se vean obligadas a enseñar el paradigma tierraplanista? En el video de Netflix, muestran que son también reacios a las vacunas y otros obscurantismos semejantes. Y en foros, algunos han manifestado ser antisemitas. El mismo documental, sin embargo, muestra la debilidad del movimiento: apenas han salido a la luz y ya hay diferencias irreconciliables entre diferentes grupos, donde unos acusan a otros de ser parte de la conspiración. La razón me dice que es un movimiento pasajero que nos hace perder algunas horas de debates y discusiones y en pocos años, como otras neurosis colectivas, será dejada en el cajón de los olvidos.   Debemos aprender a convivir con esta cacofonía universal en la que nos ha sumido Internet: este monólogo de infinitas conversaciones. ¿Será que la posibilidad de saber lo que dice cualquier persona en todo instante en cualquier lugar del planeta nos hace sobrevalorar su importancia  a quienes somos de la era pre-Internet? Espero que sí.

Mientras tanto, aguardamos ver pronto los pies de un ser humano sobre el gris polvo selenita, y, por qué no, sobre las sepias llanuras marcianas. 

Miércoles de Cenizas. Aquí una versión más sociológica / política de mis preocupaciones: La Tierra es plana, nacionalista y antisemita

Miércoles 7 de agosto.  Don Fabio acaba de dejarnos, convencido todavía de que los ETs están entre nosotros.  Debo agradecerle muchas horas de diversión, largos debates  y, tal vez, por qué no? por antítesis, mi vocación científica.    

domingo, 31 de diciembre de 2017

El Post-truth o la victoria de Charles Fort

Post-truth: relacionado a o que denota circunstancias en las que hechos objetivos son menos influyentes  que apelar a la emoción o a las creencias personales para formar la opinión pública. (Traducción mía de la palabra del año 2016 según Oxford Dictionaries)


¿Fueron los platos voladores las primeras posverdades del siglo XX? Tal vez no, porque Kenneth Arnold dice haber visto a los nueve objetos volando próximos de sí aquel día de 1947, aunque no consiguió identificarlos, de allí su nombre Objeto Volador no Identificado (OVNI).  Pero sí es una posverdad vincular el  Área 51 con experiencias extraterrestres.  Mi debut con las posverdades es la farsa del hombre en la Luna, mi tío abuelo desconfiaba en 1969 de los ianquis y sospechaba que todo era una invención de Hollywood.  En mi ingenuidad infantil pensaba que mi tío abuelo era único en el mundo en su desconfianza. Por eso mi sorpresa fue enorme al descubrir el tamaño de la comunidad descreída de la aventura lunar, más aún al ver que su bastión estaba en los EEUU, el país que hizo el esfuerzo económico y humano.

El tiempo no hizo más que aumentar las posverdades. El atentado a las Torres Gemelas y al Pentágono, el famoso 9/11, creó una suerte de competencia por ver quien creaba la teoría más absurda sobre lo que ocurrió en aquella mañana interminable.  Ya habíamos sufrido el pasaje de milenio, y pocos años después nos deparamos con las Profecías Mayas que nunca se cumplieron, por supuesto.

Me dedico a escribir sobre falacias pseudocientíficas hace más de 30 años.  En la ingenuidad adolescente de mis inicios en este campo, pensaba que podría ayudar aportando una voz más a un grupo de emprendedores que contó con nombres insignies como Carl Sagan y  Martin Gardner. Pensé también que la información era el mejor remedio para convencer a incrédulos, y por ese motivo el acceso universal a la Internet sería un camino natural para acabar con las falacias. Y sin embargo, nos encontramos frente a un fenómeno que, todo indica, dejó de ser intracendente y puede definir elecciones presidenciales.

Tengo la impresión que la historia comenzó hace más de un siglo y tiene nombre y apellido: Charles Hoy Fort.  En el libro "Fad and fallacies in the name of science" Martin Gardner relata las disparatadas ideas que los forteans han mantenido desde las primeras publicaciones de su creativo líder. Fort recolectó infinidad de historias que leyó en periódicos retirados del British Museum en Londres, y de la Biblioteca Pública de New York.  Aunque que carecía de estudios académicos, o tal vez por esa razón,  dedicó su vida a investigaciones de eventos anómalos poco considerados por los científicos profesionales.  Pudo darse el lujo de ser un diletante científico gracias a una herencia familiar que lo liberó de la obligación diaria de trabajar. Y dos amigos, que poco entendían de ciencia y mucho lo admiraban, consiguieron que sus libros fueran publicados. El primero y más conocido es el "Libro de los Condenados" , donde por condenado Fort entiende que son todos aquellos que se dejan convencer por la ciencia que hacen los científicos profesionales, lo que se da en llamar en inglés de "mainstream science". Ciencia que Fort llamaba de dogmática. Él tenía particular aversión por los astrónomos, a quienes consideraba ineptos (stumblebums, en sus propias palabras), incluso menos idóneos que los astrólogos al momento de realizar predicciones, como, por ejemplo, encontrar un nuevo planeta por medio de cálculos perturbativos. Según Fort, la Tierra no gira en torno de su eje diariamente, por el contrario, una esfera hueca con pequeños orificios gira en torno a la Tierra. Del otro lado, una luz se proyecta hacia el interior y da la sensación de existencia de estrellas. La esfera está compuesta por un material gelatinoso, y, de vez en cuando, este material es arrancado  cayendo sobre la superficie terrestre. Fort había recolectado noticias de periódicos y revistas que daban cuenta de una lluvia de gelatina  celeste y por eso recomendaba mucho cuidado a los aviadores.  En los cuatro libros que publicó en vida, y las ediciones de la revista Doubt que por muchos años publicó la Sociedad Fortean, un catálogo gigantesco de maravillas increíbles (literalmente uso el término aquí) como esta puede ser encontrado.

¿Era Fort un ignorante autoconvencido de sus genialidad? ¿Era un sinvergüenza que lucraba con la ingenuidad ajena? Algunos biógrafos creen que ni uno ni otro, Fort era un personaje que el Fort real había creado para sembrar de dudas a la humanidad, por el mero placer de verla confundida, o, al menos, para mostrar que la certeza absoluta es imposible. Siendo la Mecánica Celeste la rama de la astronomía más desarrollada en los tiempos de Fort, cuyo objetivo es describir la posición de los astros con la máxima precisión alcanzable, era la presa más apreciada de sus críticas. Una cierta vez Fort dijo: "No creo en nada propio que haya escrito alguna vez." Uno de sus más cercanos amigos, quien lo indujo a publicar sus libros, quien participó de la creación de la Sociedad Fortean y quien fue editor de la revista Doubt hasta su muerte, dijo "Fort no era un loco. De ninguna manera creía él minimamente en ninguna de sus hipótesis."

¿Serán así también los forteans contemporáneos que de manera indiscriminada publican fábulas irreales, dando cuenta de fenómenos que nunca han ocurrido, negando otros cuya existencia no debería ni siquiera ser cuestionada o brindando explicaciones inverosímiles a cuestiones cotidianas? ¿Dedican su tiempo libre a la ficción periodística sólo para reirse de la ciencia dogmatizada? ¿Son chiflados? ¿O, simplemente, desengañados?

El problema es que en los años 1920, cuando Charles Fort comenzó a publicar sus disparatadas teorías, su impacto en escala global era insignificante. Hoy, la conectividad permite que las ideas se transmitan, literalmente, a la velocidad de la luz, entre dos antípodas del planeta. Y el privilegio de trasladarse sobre la superficie de la Tierra, sea uno mismo, sean sus ideas, que en épocas de Fort era para unos pocos, hoy se ha convertido en derecho universal. Parafraseando la frase que ilustra la teoría del Caos: Un twit en Brasil puede resultar en el crack de la bolsa en Nueva York

Mientras escribía este artículo, que me llevó más tiempo que el deseado, otro neologismo irrumpió en los medios de prensa: fake-news. Difícil discernir qué lo diferencia de las post-truth.  Cierto es que ambos son igualmente perniciosos en un mundo hiperconectado donde la mayoría acepta dócilmente cualquier afirmación que confirme sus prejuicios. 

No me cabe duda, Charles Fort se sigue riendo de todos nosotros.

jueves, 28 de enero de 2016

El verano del cohete

El 28 de enero de 1986 yo estaba de vacaciones en casa de mis padres. El verano tórrido paraguayo, potenciado por un El Niño moderado, alentaba todavía más al descanso durante la siesta, o por lo menos, la prolongación de  la sobremesa del almuerzo. En medio de la charla familiar entró al comedor mi sobrina mayor, en aquel tiempo con menos de 6 años, balbuceando algunas palabras como "Guigue, el cohete" mientras señalaba la televisión en la otra sala.  Rocío estaba mirando sus dibujos animados y algo le había llamado la atención sobre "el cohete". Como buen adulto, respondí restándole importancia a su llamado. Me imaginé que se refería al despegue del Space Shuttle Challenger que se venía demorando varios días, la fecha inicial era el 22 de enero.  El lanzamiento estaba agendado para el mediodía de Paraguay de aquel 28 de enero, ya eran más de las 2 de la tarde, probablemente había despegado.
Tripulación del STS-51-L: (al frente) Michael J. Smith, Dick Scobee, Ronald McNair; (atrás) Ellison Onizuka, Christa McAuliffe, Gregory Jarvis, Judith Resnik. (NASA)

La insistencia de Rocío nos llevó a la sala de la tele. Y allí, durante el corte publicitario, repitieron la noticia que tanto había conmovido a mi sobrina: ante nosotros se desplegaba el horror en vivo de ver la explosión de la máquina voladora más sofisticada que el ser humano había construido hasta el momento.  Ante nuestras miradas atónitas veíamos despedazarse la vida de siete tripulantes, entre ellos, una maestra de escuela primaria, Christa McAuliffe.

La decepción que me invadió en ese momento es inenarrable. Mi cabeza se vio invadida por recuerdos de la historia del Taxi Espacial. Un concepto originado en los años 60, cuyo primer prototipo fue presentado al Presidente Nixon en los 70. El taxi debía resolver los problemas de los altos costos en el envío de astronautas y material al espacio para permitir la instalación de astilleros y puertos espaciales, para que las grandes naves exploradoras, al estilo de la Enterprise (Viaje a las Estrellas), pudieran "ir sin temor donde ningún hombre llegó antes". Desde 1969, año en que por primera vez hubo hombres orbitando la faz oscura de la Luna, y pocos meses más tarde, dos astronautas caminaron sus llanuras, seguía muy de cerca la historia de la cohetería. En sus primeros tests, hacia 1977, el Shuttle OV-101 Enterprise, era elevado más allá de los 10.000 m por medio de un Boeing 747 especialmente acondicionado (Shuttle Carrier Aircraft, su nombre técnico) y dejado en libertad para hacer maniobras de aproximación y aterrizaje. En 1982, por fin, el primer vuelo tripulado completo del OV-102 Columbia, con una tripulación de 4 astronautas  que "depositó" un satélite artificial en órbita, mostrando como sería de allí en más la técnica espacial.

La sucesión de misiones del taxi los comenzó a convertir en rutina, y el interés se fue perdiendo. El Enterprise fue jubilado sin nunca ver la Tierra Azul de Gagarin y David Bowie ("planet Earth is blue, and there is nothing I can do..."), pero el Columbia pronto ganaría de compañeros al OV-099 Challenger (primera misión abril de 1983), el OV-103 Discovery (agosto de 1984) y el OV-104 Atlantis (octubre de 1985). Por fin, después de 15 años de espera, desde la hazaña de Armgstron, Collins y Aldrin, el hombre parecía encontrar su destino en la estrellas.

La historia nos reservó aquel día, hace 30 años,  un baldazo de agua helada, que bien hubiésemos deseado que fuese real en aquel candente verano asunceño y no una figura literaria para describir el nudo en la garganta y el frío en la barriga. Porque casi pornograficamente, asistiamos a la íntima última escena de la vida de 7 personas a bordo de un refinadísimo producto de nuestra civilización tecno-científica. Presagiamos también que el accidente traería más atrasos a nuestro camino hacia el Universo.

Tapas de diarios y revistas (recuerdo particularmente la Time) mostraron la escandalosa imagen del cohete dilacerándose en pleno vuelo. Ríos de tinta se escribieron para explicar el por qué (la zaga de  Andrés Gaeris en nuestra Revista Astrofísica, hasta ahora lo mejor que he leído en español). La historia de la maestra de escuela y su destino estelar inundó las redacciones de televisión y radio.  Para mi hubo otro evento que marcó época, Richard Feynman, el mayor físico teórico de los EEUU, tuvo su acto final como miembro (el más mediático por cierto) de la comisión que analizó las causas del accidente.  Poco después de un año de presentar el informe, fallecía.

Las causas ya son, por todos, conocidas.  El shuttle utilizaba dos cohetes de combustible sólido (boosters) como auxiliares, además de uno de combustible líquido.  Los boosters eran compuestos de 7 secciones, entre las cuales se colocaba un anillo de goma (o-ring).  El frío de aquel enero en Florida (EEUU) congeló el material (de hecho fue el frío lo que atrasó tantas veces el lanzamiento) y le hizo perder elasticidad. Cuando el cohete partió, el o-ring se quebró y dejó de escapar una llama que derritió el tanque de combustible líquido. Por el orificio que se formó, hidrógeno puro salió a la atmósfera y entró en combustión explosiva.  La culpa del accidente fue un diseño defectuoso, aunque nunca fueron civil ni penalmente juzgados ninguno de los posibles responsables.

Dos veces Bueno 
Pero quiero volver al 28 de enero de 1986, cuando todavía aturdido miraba las imágenes del shuttle explotando en el aire.  Junto con mis recuerdos de las misiones Apollo, Soyuz, Mir, Viking y Voyager, también, como la brisa del norte que tanto sopla en el verano de Asunción, me vino el relato breve que Ray Bradbury tan poeticamente llamó El verano del cohete (Rocket Summer en su título original, probablemente un juego de palabras) , primer capítulo del  genial Crónicas Marcianas.  Lo habíamos leído en las clases de literatura del primer año del secundario industrial, donde una profesora testaruda quería mostrar a sus alumnos técnicos, que para contar buenas historias no es necesario más que algunos párrafos. Nunca más lo olvidé. Empieza diciendo: 

Un minuto antes era invierno en Ohio. 

Y termina con

El cohete creaba el buen tiempo, y durante algún tiempo fue verano en la Tierra. 

 Pena que aquel verano no hubo buen tiempo.

lunes, 25 de agosto de 2014

Lucy y el mito del 10%

Morgan Freeman, en su papel de un neurocientífico, mira a su platea y le dice muy seriamente, "Es fascinante sabe que el ser humano usa apenas el 10% de su cerebro".  Esto se ve en el trailer de la película que protagoniza Scarlett Johanson: Lucy. Mas tarde, en el mismo trailer alguien le pregunta a Freeman, que ocurriría si pudiéramos usar el 100% del cerebro: "No tengo la menor idea" responde el científico, mientras las imágenes nos muestran los poderes increíbles que Lucy-Johanson parece haber adquirido por culpa de unas drogas que le administraron.  La película se estrenó hace unas semanas en EEUU y recién  en septiembre en Brasil. No la he visto por supuesto, así que sólo puedo hablar por las pocas escenas del trailer.  Pero me llama la atención el retorno al mito del 10%.  

Hace más de 10 años escribí un artículo sobre el tema que se publicó en la Revista Exactamente (Nro 24, Octubre 2002).  Como veo que no ha perdido actualidad, lo copio casi íntegro más abajo. 

Supermentes devaluadas: el mito del 10%


Promediaban los años 1970 cuando por primera vez escuché la teoría de que nuestro cerebro está subutilizado. "Usamos un 10% de nuestra capacidad. Einstein, llegó a usar apenas el 20%!" La afirmación, más que verosímil era profética augurando un porvenir dichoso. Tal vez podríamos encontrar la forma de utilizar el 90% restante y elevarnos así a una estatura 5 veces superior a la de Einstein. Tal vez podríamos, como el célebre Juan Salvador Gaviota de R. Bach, una de las novelas señeras en la divulgación del mito de las Supermentes, trasladarnos instantáneamente o atravezar la dura roca de los acantilados.  No tardaron en aparecer libros de autoayuda con técnicas para aumentar ese porcentual. El puntapié inicial parece haber sido dado por el best-seller, ahora fuera de impresión, Powers of Mind (A. Smith, Ed. Random House, N.Y., 1975). El libro explora todas las técnicas para aumentar el porcentaje de uso de nuestra mente, desde la meditación Zen, hasta el I-Ching, pasando por la pretensiosa Meditación Trascendental; y nos cuenta un sinúmero de anécdotas de personas que curaron enfermedades incurables, o adquirieron poderes sobrenaturales, de un día para el otro, apenas porque aprendieron a usar su mente con mejor eficiencia.

¿Cuándo comenzó esta manía? Es difícil precisarlo como en toda leyenda. La idea de que nuestra mente es capaz de dominar a la materia, subyacente en el mito de las Supermentes, es muy antigua, centenas de años como mínimo (de alguna forma era una hipótesis de los alquimistas). Más recientemente algunos refieren a Einstein quien en algún reportaje habría dicho en forma imprecisa que él utilizaba 20% de su capacidad mental. Creo adivinar que lo hizo en broma. El famoso Dale Carnegie, aquel de Como ganar amigos e influir en las personas, parece que también refirió alguna vez este mito, aunque sus fuentes son desconocidas.

Pero los antecedentes más firmes, parecen provenir de experimentos que en realidad demuestran lo contrario. En la década de 1920, Karl Lashley intentó conocer la ubicación de los recuerdos. Entrenó ratas de laboratorio para recordar el camino de salida de un laberinto, y después fue retirandoles diferentes partes del cortex cerebral. Lashley reporta que en algunos casos hasta con 90% de la masa perdida la rata podía recordar el camino. Sin embargo, en los mismos informes, se cita que esas ratas pierden performance al mismo tiempo.

Experimentos para observar el área del cerebro usada durante diferentes actividades fueron realizados con personas a partir de las década de 1960. Los resultados muestran que normalmente una área pequeña es utilizada para una actividad determinada. Lo cual es bastante lógico, ya que existe un cierto grado de especialización funcional en el cerebro, y solemos realizar una tarea por vez. Por ejemplo, en este momento estoy moviendo apenas los músculos de mis dedos para escribir, y algunos de los brazos. El resto de mi masa muscular se encuentra relajada. Eso no significa que sólo un 10% de mis músculos tienen algún fin. A lo largo de un día completo, muy probablemente habré utilizado cada uno de ellos en diferentes momentos. Lo mismo acontece con el cerebro.

Algunos pacientes de hidrocefalia suelen tener el cerebro bastante comprimido y a pesar de ello son normales. Un ejemplo dado por el pediatra británico John Lorber, es el de un brillante estudiante de matemática cuya materia gris tenia un espesor de apenas 1 mm, cuando lo normal son 45 mm! Personas con daños cerebrales suelen recuperar funciones inicalmente perdidas.

Mal interpretados estos resultados llevan a la falsa idea de que gran parte del cerebro es ociosa. En realidad lo que demuestran es que el cerebro tiene una increible capacidad para reasignar funciones, y que la memoria es ubicua, se extiende en todo el volumen. Por otra parte, si aceptamos como cierta la teoría de la evolución darwinista, es muy difícil explicar como un órgano se desarrolló de forma muy avanzada sin ser utilizado. La naturaleza suele ser muy avara, da y obtiene apenas lo necesario.

Obviamente que siempre se pueden hacer hipótesis a posteriori, argumentando que hemos sido alterados genéticamente en el pasado, o que ya existió una raza de hombres más inteligentes que la actual, una catástrofe acabó con ella y los sobrevivientes olvidaron la mayor parte de sus conocimientos. Está claro que ninguna de estas ideas tiene asidero en ninguna evidencia, como sí la tiene la teoría evolucionista.

Pero esto no es todo. Supongamos que efectivamente usamos un 10% de nuestra capacidad cerebral, si llegáramos a utilizar el 90% restante, que habilidades nuevas adquiriríamos? Me imagino que hablaríamos más lenguas, haríamos cálculos matemáticos más complejos, ejecutaríamos más de un instrumento musical, etc. y otros etc. Para los fanáticos de la leyenda de la Supermente, esto no es suficiente. E imaginan habilidades extrasensoriales: telepatía, telekinesis, visión remota, por ejemplo. Adquirido aquel estado superior tendríamos poder de dominación absoluto sobre la materia. Y por último obtendríamos el dominio del tiempo. En suma, omnipotencia e inmortalidad. Estas extrapolaciones de la realidad no tienen el más mínimo asidero y parecen más bien proyecciones de los deseos de sus autores.

La verdad es que usamos nuestro cerebro en casi toda su capacidad (siempre podemos aumentarla un poco con más ejercitación). Después de mucho entrenamiento podemos especializarlo en algunas tareas, como tocar un instrumento, jugar ajedrez, aprender una lengua extranjera, o simplemente capacitarnos en una profesión. Esto ya de por sí es maravilloso, ningún otro animal de la Tierra ha demostrado tanta capacidad de autoconocimiento, aprendizaje y creación. Nuestro cerebro es nuestra marca distintiva en el reino de los seres vivos. No lo devaluamos por decir que lo usamos en su totalidad. No es necesario creer en mágicas destrezas obtenidas por medio de dudosas técnicas para conocer nuestras esperanzas y miedos, nuestras limitaciones y realizaciones. En suma para saber cual es nuestro lugar en el Universo.

sábado, 25 de enero de 2014

Volviendo a la Luna

La farsa del viaje lunar no tiene fin.  Cuarenta y cinco años después de la llegada del hombre a la Luna, la controversia se arrastra, hasta parece  aumentar.  Neil Armstrong no puede descansar en paz, perseguido por la acusación de haber engañado  a la Humanidad entera cuando dijo "un pequeño paso para un hombre, un gran paso para la humanidad".  Y los outros 11 astronautas que caminaron sobre el suelo lunar, no consiguen disfrutar de su popularidad por causa de un infundado mito que afirma que las misiones Apollo fueron un gran montaje de Hollywood aliado a la NASA (hay quien afirma que Stanley Kubrick estaba atrás de las cámaras) para hacernos creer que los yanquis posaron en la Luna.

Recientemente, aprovechando fotografías de la sonda lunar china Chang'e 2 el periodista de la Folha de São Paulo, Salvador Nogueira, publicó un artículo en su blog Mensageiro Sideral dando más motivos para acabar com el escepticismo de los viajes tripulados a la Luna:  Mais 5 provas da ida do Homem à Lua.  Lo que siguió fue una tempestad de comentarios, réplicas y tréplicas que dio vértigo.  ¡¡En menos de 48 hs, un total de 187 diferentes comentaristas (no podemos saber si se trató del mismo número de personas,  es posible crear falsos avatares)  habían escrito  alrededor de 500 comentarios, es decir, 10 por hora, o mejor, 15, si consideramos que las personas duermen unas 8 hs por día!!

Muchos comentarios eran extensos y elaborados, tanto a favor como en contra de la veracidad de la historia oficial.  En general podemos clasificarlos en cuatro tipos diferentes:
  1. Persuadidos: Aquellos que están, sin sombra de duda, convencidos de la llegada del hombre a la Luna.
  2. Escépticos: Aquellos que están, sin sombra de duda, convencidos del fraude lunar.
  3. Dubitativos: Aquellos que dudan de la história pero tampoco se tragan los argumentos de los escépticos.
  4. Neutros: Aquellos que emitieron comentarios que no pueden ser colocados en ninguno de los grupos anteriores.  
El grupo de los dubitativos debe ser incorporado al de los escépticos: no encuentro razones para cuestionar la realidad  de los viajes humanos a la Luna, es un hecho histórico vastamente documentado. Juntando entonces en tres categorias resulta

Persuadidos 88 47,1 %
Escépticos 72 38,5 %
Neutros 27 14,4 %

Aunque el número de persuadidos es superior, resulta increiblemente alto el número de escépticos. Descontando a los neutros el resultado da: 55% de persuadidos para 45% de escépticos. Es un porcentaje muy grande para un evento histórico comparable a las expediciones a los polos geográficos a inicios del siglo XX (R. Amundsen, R. Scott), la travesía abajo del Ártico en submarino nuclear (1958), o el descenso a más de 10.000 m en el fondo del mar  en 1960.  Es mas preocupante si recordamos que los lectores de la Folha de São Paulo son personas con el ciclo medio concluido, la mayoría debe tener un diploma universitario, lee y se informa.  Sería muy fácil acusarlos de ignorantes. Pero sería un error. 

Como puede el mayor éxito de la tecnología reciente convertirse en un fiasco? Leyendo los comentarios escépticos, la mayor fuente de sospechas es la conclusión de los viajes. "Por que no retornamos nunca más? Retrocedió la tecnología?" - se preguntan. "Si la computadora más poderosa de los años 70 precisaba una sala inmensa para funcionar y  hoy cabe en una caja de fósforos, como puede ser que la tecnología espacial no se desarrolló en la misma proporción?" afirmam irritados pensando que esta es la mayor demostración de que todo fue un cuento del tío.  

Y sin embargo....  La tecnología aeroespacial evolucionó mucho menos que la de las computadoras.  No son apenas los cohetes que continuan siendo caros y poco seguros, los aviones también avanzaron muy poco en los últimos 40 años. Trazando una breve historia de la aviación tenemos: pimer vuelo del más pesado que el aire, 1906,  aviación comercial, 1914, aviones a chorro comerciales, 1960. Desde entonces, poca novedad. El esperado Concorde, el avión de pasajeros más rápido que el sonido, fue um rotundo fracaso comercial.  Y donde está el jet estratosférico que iria a hacer la travesía de Buenos Aires a Tokio en 3 horas? (recuerdan a Menem???)   

El programa Apollo mostró que el viaje tripulado a la Luna es posible, pero costó 25 mil millones de dólares al estado norteamericano.  Cuando fue terminado en 1975, la idea era construir una estación espacial, un puerto afuera de la superficie para facilitar los viajes, y un transbordador que permitiese ir y venir hasta el espaciopuerto en órbita.  El transbordador espacial, oficialmente lanzado en 1981,  se mostró caro y poco seguro, y fue abandonado en 2011. La NASA todavía no definió el nuevo sistema de lanzamiento.  Mientras tanto, los astronautas suben y bajan usando las naves rusas Soyuz, ¡cuyo diseño tiene mas de 50 años!  

Hoy en día, realizar el programa Apollo tendría un costo de 170 mil millones de dólares. El lucro de esta inversión no es claro.  Por eso mismo se espera mucho de la iniciativa privada y de la capacidad de innovación de la industria.  Probablemente la exploración de la Luna sea lucrativa cuando dominemos mejor la tecnología del viaje espacial.  Hasta entonces, los escépticos encontrarán  motivos para descreer de  la história.

Domingo 26 de enero.   Si mi teoría es correcta, los más escépticos deberían ser los más jóvenes.   Al final de cuentas, nosotros, que vivimos aquellas jornadas épicas de los años 1970, tenemos una percepción más fuerte de su realidad.

Lunes 27 de enero. Es interesante como algunas historias son mas creidas que otras.  En el mundo anglosajón se da el crédito del primer vuelo de un objeto más pesado que el aire (avión) a los hermanos Wilbur y Orville Wright que habría ocurrido el 17 de diciembre de 1903, en Kitty Hawk, Carolina del Norte.  No hay ningún testigo del evento, sólo las memorias escritas por los hermanos inventores. Mientras tanto, la mayoría olvidó el trabajo documentado y testimoniado por una multitud del brasileño Alberto Santos-Dumont, que recorrió triunfalmente el Campo de Bagatelle (París) en su 14-Bis el 23 de octubre de 1906.

martes, 14 de enero de 2014

Ud. es astrónomo? Yo soy de Capricornio.

Según la versión en español del Evangelio de San Mateo que tengo en mi poder los magos llegaron del Oriente diciendo: Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella al Oriente y venimos a adorarle. La tradición popular dice, mientras tanto, que eran tres Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar. Del texto de Mateo se desprenden tres conclusiones y un lema, a saber: (1) que no (necesariamente) eran reyes, (2) que su número es indefinido,  (3) que hay una contradicción porque viniendo del Oriente una estrella que  está al Oriente no puede conducirlos al Occidente, hacia Belén. Y el Lema: que el Nuevo Testamento es el libro más vendido de la historia y probablemente el menos leido.

Una línea intepretativa dice que los  magos eran sabios de Oriente y como en aquella época no había sabiduría mayor que la Astrología, eran astrólogos venidos de Persia.   Hallar un evento astronómico que corresponda a la estrella de Belén que guió a los magos de Oriente, ha chocado contra la inoportuna obstinación de la evidencia científica.   Nuestra ignorancia sobre la vida de Cristo, sin embargo, aumenta las chances de  encontrar la estrella Guía, ya que según San Mateo, nació en tiempos del tretarca  Herodes, fallecido en el año 4 antes de Cristo.   ¡Toda una contradicción haber muerto antes de nacer aquel a quien iría a sentenciar a muerte!  Pero esta incertidumbre permite extender la búsqueda hacia el pasado. 

Fue tal vez Johannes Kepler, uno de los mayores astrónomos de la historia, quien más próximo estuvo de encontrar un evento digno del nacimiento del Hijo de Dios: la  muy poco frecuente conjunción de Júpiter con Saturno en la constelación de Piscis,  constelación símbolo del cristianismo, en el año 7 AC (volvieron a encontrarse al año siguiente también). Aunque la conjunción poco tuvo que ver con una estrella porque los dos planetas  mayores del Sistema Solar estaban próximos pero de ninguna manera superpuestos formando un único cuerpo. Han sido propuestas también estrellas  novas, algunos cometas, otras  conjunciones, como la de  Júpiter con la estrella Régulus (Pequeño Rey) en la constelación  de Leo. Ninguna de estas alternativas dejó conformes a todos.  En cualquier caso, es muy llamativo  que sólo los magos del oriente hayan percibido la existencia de la estrella de Belén: no  hay registros históricos de un fenómeno rutilante, que, según el propio evangelista, ni el  mismo Herodes habría notado. ¿No sería mejor considerarla como una retórica simbólica?
Representación del cielo próximo a Belén en la noche del 28 de mayo de 7 AC.
Las estrellas más brillantes son Júpiter y Saturno, muy próximas entre si,
en la constelación de Piscis.  (Realizado con el programa Stellarium, v 0.12.0)

De la misma forma que los  astrólogos magos  no saben qué fue la estrella de Belén, tampoco han podido nunca confirmar ninguna de sus otras afirmaciones.  Es confuso entonces que Vicente Massot diga en La Nación del 3 de enero de 2014 (link a la nota) , que la Astrología habría de  poner las bases de la moderna astronomía. Seamos más precisos. Una disciplina  nacida entre los ríos Tigris y Éufrates alrededor del año 2000 AC, evolucionó hacia dos caminos diferentes: el del  pensamiento riguroso y verificable (la filosofía de la ciencia prefiere hablar de falsabilidad de sus afirmaciones) que llamamos Astronomía y el simbólico y místico que llamamos Astrología. A pesar de lo que se afirma, el distanciamiento de la Astrología con la objetividad comenzó ya en tiempos de la Grecia Clásica: sus filósofos naturales habían descubierto que el camino del Sol por el cielo iba cambiando lentamente (hoy atribuimos este fenómeno a la  precesión del eje de la Tierra), y que los signos del Zodíaco ya no se correspondían más con aquellos definidos en la Mesopotamia de Medio Oriente dos milenios antes. Con el pasar de los siglos, las contradicciones fueron aumentando. Por ejemplo: ¿De qué forma incorpora  la Astrología a los astros descubiertos recientemente?  ¿A cuáles?  Plutón, influyente aún en las Cartas Astrales, ha sido reclasificado recientemente como planeta menor, uno más de los miles  que abundan en el Sistema Solar.  ¿Habría que tener en cuenta a todos ellos también?  Y las galaxias, ¿no deberían ser incluidas en las cartas astrales?  ¿Cómo influye el Agujero  Negro del Centro Galáctico ¿Y las estrellas pulsares?  ¿De qué manera afecta a nuestra carta astral  la expansión del Universo? 

¿Se plantearon estas preguntas los astrólogos alguna vez?  Dudo mucho.  No hay en su historia ninguna innovación relevante: sigue siendo la misma mirada asombrada y curiosa de  hombres que daban sus primeros pasos en la civilización, casi 4000 años atrás.  Mientras tanto,  la Astronomía  descubrió planetas, estrellas, galaxias, nubes de gas, un paisaje  apasionante y completamente nuevo, insospechado por los magos de oriente. También decifró la matemática íntima del movimiento planetario: la Ley de la Gravedad. Comprendió   la forma en que la luz de las estrellas se propaga en el vacío llegando hasta nosotros, y  descubrió otras formas de luz que nuestros ojos no perciben. Osó, temerosamente, sacar el centro del Universo del Centro de la Tierra y pensar que también las estrellas nacen y mueren,  que no son estáticas como afirmaban los astrólogos. Y en un movimiento que creyó acercarlo a aquel Dios de los magos, el astrónomo devenido en astronauta caminó sin protección, literalmente cayendo, fuera de la base sólida de la superficie terrestre.

Los astrólogos, a pesar de negar interés por cualquier confirmación independiente, se  entusiasmaron cuando Michel Gauquelin en la década de 1950 publicó un estudio estadístico  sobre el momento del nacimiento de deportistas famosos y la posición del planeta Marte  en el cielo: el efecto Marte como fue bautizado, nunca confirmado por estudios de otros investigadores, sería, sin embargo, una demostración de que el método astrológico está equivocado.  ¡Vaya contradicción!

Lo cierto es que, aunque nacidos en la misma cuna, nada le debe la Astronomía a la Astrología.  Más allá de nuestra cara de perplejidad y desconcierto cuando alguien nos pregunta la profesión:  ¿Ud. es astrónomo? ¡Qué interesante!  Yo soy de Capricornio.