domingo, 3 de marzo de 2013

El Mundo y sus Demonios

"Cuando la ignorancia es felicidad, es locura ser sabio." 
 (Thomas Gray)

Escribo estas líneas más de dos meses después de la fatídica fecha del 21 de diciembre de 2012.  Ninguna de las graves profecías anunciadas ocurrió. El mundo sigue su camino tortuoso y esperanzado, como siempre lo fue en su historia. Guerra civil en Siria con miles de muertos y centenas de miles de refugiados, más la destrucción de una nación.  La crisis económica europea se arrastra un año más.  Mientras en América Latina vivimos una de las décadas más fantásticas de nuestra historia: no importa el modelo económico y político, todos los países de la región han crecido y se han estabilizado políticamente.  Muy lejos de las sombrías décadas de las dictaduras de los años 70s.  

La frase con que abro este post la tomé del primer capítulo del libro de Carl Sagan: El Mundo y sus Demonios.  El título del post también lo tomé de su título en español.  El libro cayó en mis manos hace unos días, lo conozco desde que fuera publicado, poco antes de la muerte del genial astrónomo y divulgador científico, creador de la serie para TV, Cosmos. El mundo y sus demonios fue publicado en 1995, y Sagan falleció el 20 de diciembre de 1996.  Leyéndolo me da la impresión de que estaba impregnado de una suerte de pesimismo de alguien cercano a la muerte. Pero no estoy seguro de esto.

Con excepción de algunos capítulos que algunas personas colocaron en Internet, no he leído el libro antes.  El primer capítulo me impresionó porque encontré en sus palabras las mías.  Qué suerte de plagio involuntario pude haber hecho?  Cómo pude llegar a sus mismas conclusiones sin haberlo leído nunca?  La cosa más preciosa se llama el primer capítulo y  en ella expone a modo de introducción su fe en la ciencia.  Uso la palabra fe a propósito, porque efectivamente, en última instancia, hay algo espiritual detrás de cada científico.  Y allí Sagan me lleva a urgar en el origen de la palabra espíritu: en latín spiritus indicaba el aliento, la respiración.  Tal vez porque era invisible y provenía de nuestro interior, los romanos lo relacionaron con lo más subjetivo del ser humano.  Entonces, lo espiritual está ligado a lo material desde el mismo origen de la palabra que le dio existencia.  

La pregunta que orienta el libro de Sagan es por qué tantas personas se dejan llevar por un relato fantástico de la realidad que no tiene ningún fundamento?  Esa fue también la pregunta que me formulé yo hace algunos años, y a la que agrego, por qué tantas personas se dejan desanimar pensando que nuestro mundo está embrujado?  Esa preocupación me llevó a escribir un libro: La Hora Última. Sagan cita a Edmund Way Teale que dice:
Moralmente es tan condenable no querer saber si una cosa es verdadera o no, desde que ella nos de placer, como no querer saber el origen del dinero que está en nuestras manos.
Quien, cuestionado de que una pseudo terapia no tienen ninguna base científica  responde que lo importante es que es efectiva para curar, está cometiendo la conducta moralmente condenable de la que habla Teale.  Dice Sagan:
Es desanimador descubrir la corrupción y la incompetencia gubernamentales, por ejemplo, pero será mejor no saber nada al respecto?  A qué intereses sirve la ignorancia?  Si nosotros, humanos, tenemos una propensión hereditaria a odiar extraños, el único antídoto no es el autoconocimiento?  Si ansiamos creer que las estrellas nacen y se ponen para nosotros, que somos las razón de la existencia del Universo, la ciencia nos presta un deservicio reduciendo nuestra presunción?
 La ciencia nos libera, dice Sagan, tal vez sea triste, pero no tiene remedio
Descubrir que el Universo tiene cerca de 8 a 15 mil millones de años, en vez de 6 a 12 mil, aumenta nuestra apreciación de su extensión y grandiosidad, nutrir la noción de que somos una combinación especialmente compleja de átomos, en vez de un soplo de divinidad, por lo menos intensifica nuestro respeto por los átomos; descubrir, como ahora parece probable, que nuestro planeta es uno entre miles de millones de otros mundos en la Vía Láctea, y que nuestra galaxia es una entre miles de millones de otras, expande majestuosamente la arena de lo ques es posible; saber que nuestros antepasados eran también monos nos une al resto de la vida y torna posibles reflexiones importantes, aunque a veces tristes, sobre la naturaleza humana.
Pero al final afirma que
Evidentemente, no hay un retorno posible.  Queriendo o no, estamos presos a la ciencia.  Lo mejor es sacar el mayor provecho de la situación.  Cuando lleguemos a comprenderla y reconozcamos plenamente su belleza y poder, veremos que, tanto en las cuestiones espirituales como en las prácticas, hicimos un negocio muy ventajoso para nosotros.
Lo más importante de la ciencia, sin embargo, no son sus descubrimientos, siempre sujetos a alteraciones en razón de otros nuevos, sino el método, el camino que nos conduce, a veces tanteando y a ciegas, a veces en círculos, pero que es siempre consecuente consigo mismo y obediente a la Naturaleza, fin y objeto de sus desvelos. En palabras de Sagan:
Es un desafío supremo para el divulgador de la ciencia dejar bien clara la historia real y tortuosa de los grandes descubrimientos, así como los errores y, a veces, el rechazo obstinado de sus profesionales a tomar otro camino.  Muchos textos escolares, tal vez la mayoría de los libros didácticos científicos, son livianos en este punto. Es muchísimo mas fácil presentar de modo atractivo la sabiduría destilada durante siglos de interrogación paciente y colectiva de la Naturaleza que detallar el confuso mecanismo de la destilación. El método de la ciencia , por más aburrido y hosco que pueda parecer, es mucho más importante que los descubrimientos de ella. 

Sagan se murió mucho antes de que las profecías milenaristas se propagaran mundialmente, aunque las preveía.  Su libro fue escrito con la intención de disminuir el desvelo de tantas personas aterradas, embrujadas, por falsas afirmaciones.  A poco más de 15 años de su muerte, después de haber presenciado los falsos apocalípsis del 2000 y del 2012, parece que su palabra fue en vano. La ciencia se muestra alejada de los legos que antaño temían a los mostruos marinos y a los vértices de una Tierra plana, y hoy se amedrentan al esperar catástrofes imposibles: continentes deslizando como gigantescos Titanics, el campo geomagnético enloquecido alterando la psiquis de las personas, rayos mortíferos provenientes del Centro Galáctico, y llamaradas solares gigantescas incinerando toda vida en la superficie terrestre. 

Pero quien sabe no todo esta perdido.  El Mundo y sus demonios tiene un subtítulo en la versión inglesa: la ciencia como una vela en la oscuridad. Mientras mantengamos encendida esa vela hay esperanzas.

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